El pathos
De Heidegger, Derrida ante todo saca la idea de que habría una historia de la metafísica, a la que hay que rendir cuentas, exactamente como a un padre; aunque esta historia, a diferencia de la de Heidegger, no sea concebida como unitaria, Derrida comparte el presupuesto básico del “segundo” Heidegger, para quien el objeto fundamental de la reflexión filosófica, el ser, lo que hay, ama esconderse bajo los fenómenos, y cuya manifestación sin embargo coincide con una remoción ulterior (el padre, decíamos, siempre está ausente). En segundo lugar, muchos de los términos que Derrida emplea en su trabajo, empezando por desconstrucción y diferencia, tienen una declarada matriz heideggeriana, aunque, singularmente en el caso de la metafísica, Derrida logre resultados parcialmente distintos; en particular, separándose de Heidegger, no cree que se pueda alcanzar un momento de revelación final, o sea que se pueda pensar verdaderamente el ser más allá de sus velos históricos, de manera que la desconstrucción de la metafísica aparece como un análisis interminable, que agota todo el trabajo del filósofo. Un tercer elemento heideggeriano (por lo menos en el pathos, que tiene su peso, aunque el tema sea ya husserliano) es la idea de una filosofía trascendental que, a diferencia de la de Kant, no se refiere a un Yo pienso impersonal, sino a un sujeto históricamente determinado: la filosofía es un asunto de familia, pero también en este caso se da una distancia crítica: el Yo de Heidegger, a diferencia del kantiano, es un Yo histórico; sin embargo queda el polo de una actividad consciente; en cambio para Derrida intervienen las instancias del inconsciente y de todo aquello (desde las sensaciones hastas los sentimientos) respecto de lo cual somos mucho más pasivos que activos.
Con lo cual navegamos en pleno Freud. Si no se puede sobrepasar la metafísica es porque no constituye una estructura consciente, sino más bien —por más oximorónico que parezca— un inconsciente teórico. De Freud procede no tanto un tema o conjunto de temas, sino la idea de que tras el significado manifiesto de los textos se oculta un sentido latente, y que la tarea del intérprete es sacar a la luz esta latencia. Freud ofrece también un modelo de trabajo filosófico, la idea de que, como el análisis, también la filosofía tiene que configurarse como una interpretación interminable, que no alcanza un resultado definitivo, sino explicaciones siempre más adelantadas, aproximaciones a una verdad que sin embargo, en cuanto tal, es estructuralmente inalcanzable, y constituye más bien un ideal regulador tanto para el filósofo como para el lector.
Maurizio Ferraris
